lunes, 14 de enero de 2008

1ª Parte - Economía por J.E.S.

Aquí va la primera entrega de "los mejores pasajes (para mí)" del libro El malestar en la globalización de Joseph E. Stiglitz.

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DE CÓMO LAS POLÍTICAS EQUIVOCADAS MALOGRARON LA TRANSICIÓN
Ya hemos visto algunas de las formas en las que las políticas del Consenso de Washington contribuyeron al fracaso: la privatización mal hecha no llevó a incrementar la eficiencia o el crecimiento sino a la liquidación de activos a la decadencia. Hemos visto cómo los problemas se potenciaron por las interacciones entre las reformas, así como su ritmo y secuencia: la liberalización del mercado de capitales y la privatización facilitaron la salida de dinero del país, la privatización previa al establecimiento de una infraestructura legal propició a la vez la posibilidad y el incentivo para liquidar activos en vez de reinvertir en el futuro del país. Una descripción cabal de lo que sucedió a un análisis completo de los modos en que los programas del FMI contribuyeron a la decadencia del país ocuparían un libro entero. Sólo bosquejaré aquí tres ejemplos. En cada caso, los defensores del FMI alegarán que las cosas habrían sido peores sin sus programas. En algunos –como la ausencia de políticas de competencia- el FMI insistirá en que dichas políticas integraban el programa, pero Rusia ¡ay! No las puso en práctica. Es una defensa ingenua: dadas sus docenas de condiciones, todo estaba en el programa del FMI. Pero Rusia sabía que cuando llegara el momento de la inevitable charada en la cual el FMI amenazaría con recortar la ayuda, Rusia negociaría duro, se alcanzaría un acuerdo (no siempre sería cumplido) y la espita del dinero volvería a abrirse. Lo que contaba eran los objetivos monetarios, los déficits presupuestarios y el ritmo de las privatizaciones; el número de empresas que a habían pasado a manos privadas, no importaba cómo. Casi todo lo demás era secundario; y mucho –como la política de competencia- era virtualmente fachada, para rebatir a los críticos que decían que se estaban olvidando ingredientes importantes de una buena estrategia de transición. Como no dejé recomendar políticas de competencia más intensas, los rusos que coincidían conmigo, los que intentaban establecer una genuina economía de mercado, los que procuraban crear una efectiva autoridad de competencia.
No es fácil decidir qué destacar, qué prioridades establecer. Los manuales de economía con frecuencia son una guía insuficiente. La teoría económica dice que para que los mercados funcionen bien tiene que haber competencia y propiedad privada. Si reformar fuera fácil, bastaría con blandir una varita mágica y ambas aparecerían. El FMI optó por enfatizar la privatización, y despachó la competencia a toda prisa. Su lección acaso no fue sorprendente: los intereses empresariales y financieros a menudo se oponen a las políticas de competencia, porque ellas restringen sus posibilidades de ganar dinero. Las consecuencias de este error del FMI fueron mucho más graves que los meros precios elevados: las empresas privatizadas procuraron establecer monopolios y cárteles, para ampliar sus beneficios, sin disciplina de políticas antitrust efectivas. Y, como suele suceder, los beneficios monopólicos son particularmente seductoras para los que están dispuestos a recurrir a técnicas mafiosas para lograr el dominio del mercado o imponer la colusión.
El Modo en que la transición tuvo lugar en Rusia erosionó este capital social. Uno no se enriquecía trabajando duro o invirtiendo, sino empleando los contactos políticos para conseguir barata la propiedad estatal en las privatizaciones. El contrato social, que une a los ciudadanos y su Gobierno, se rompió cuando los pensionistas vieron que el Gobierno regalaba valiosos activos públicos pero afirmaba que no tenía dinero para pagar sus pensiones.
El énfasis del FMI en la macroeconomía –y en particular la inflación- hizo que dejara de lado los problemas de la pobreza, la desigualdad y el capital social. Cuando se le indicaba esta miopía, respondía: «La inflación es especialmente severa con los pobres». Pero su esquema político no estaba diseñado para minimizar el impacto sobre los pobres. Y al desdeñar los efectos de sus políticas sobre los pobres y el capital social, el FMI de hecho conspiró contra el éxito macroeconómico. La erosión del capital social generó un ambiente poco propicio para la inversión. La falta de atención del Gobierno ruso (y el FMI) hacia una red mínima de seguridad frenó el proceso de reestructuración, porque los más obstinados directores de fábricas a menudo veían que era difícil despedir trabajadores cuando sabían que no había casi nada entre el despido y los apuros más extremos, por no decir el hambre.
MÁS POBREZA Y DESIGUALDAD
Poco después de llegar al Banco Mundial, empecé a prestar más atención a lo que sucedía y a las estrategias seguidas. Cuando plantee mis reservas en estos asuntos, un economista del Banco que desempeñó un papel clave en las privatizaciones respondió acaloradamente. Citó los atascos de tráfico –y los muchos Mercedes– en las salidas de Moscú cualquier fin de semana durante el verano, y las tiendas repletas de lujosos bienes importados. Este panorama era muy distinto de los comercios vacíos y descoloridos típicos del antiguo régimen. Yo no disentía de que hubiese un número considerable de personas que se habían enriquecido lo suficiente como para provocar embotellamientos de tráfico o crear una demanda suficiente de zapatos de Gucci y u otros artículos de lujo importados como para que algunas tiendas prosperaran. En numerosos lugares de descanso en Europa los rusos opulentos han reemplazado a los acaudalados árabes de hace dos décadas. En algunos de ellos hasta los nombres de las calles aparecen en ruso además de en la lengua local. Pero un atasco de Mercedes en un país cuya renta per cápita es de 4730 dólares (como era en el 1997) es señal de enfermedad, no de salud. Es un signo nítido de que la sociedad concentra su riqueza en una minoría y no la distribuye entre la mayoría.
La transición en Rusia expandió significativamente el número de pobres e hizo prosperar a un puñado de ricos, pero a la clase media la aniquiló. Primero, la inflación agotó sus magros ahorros. Como los salarios no acompañaron a la inflación, las rentas reales bajaron. Los recortes en los gastos de educación y salud erosionaron aún más sus niveles de vida. Los que pudieron emigraron (algunos países, como Bulgaria, perdieron el diez por ciento de su población o más, y una fracción aún mayor de su fuerza de trabajo mejor preparada). Los brillantes estudiantes de Rusia y otros países de la antigua Unión Soviética con los que me he topado trabajan duro con una sola ambición: emigrar a Occidente. Estas pérdidas son relevantes no sólo por lo que comportan para los que viven ahora en Rusia sino por lo que permiten presagiar para el futuro: históricamente, la clase media ha sido fundamental para crear una sociedad basada en el imperio de la ley y los valores democráticos.
La magnitud del aumento en la desigualdad, igual que la magnitud y duración de la decadencia económica, sorprendió. Los expertos esperaban una expansión en la desigualdad, o al menos en la que se puede medir. El antiguo régimen mantenía las rentas similares porque suprimía las diferencias salariales. El sistema comunista, aunque no garantizaba una vida sencilla, evitó la pobreza extrema y mantuvo los estándares de vida con una relativa igualdad, suministrando un elevado común denominador en la calidad de la educación, la vivienda, la salud y los servicios de cuidados para los niños. Con el paso a la economía de mercado, quienes trabajasen esforzadamente y produjesen con tino cosecharían una retribución por su labor, con lo que algún incremento en la desigualdad iba a ser inevitable. Sin embargo, se esperaba que Rusia no se vería afectada por la desigualdad derivada de la riqueza heredada. Sin este legado de desigualdad heredada, la expectativa era de una economía de mercado más igualitaria. ¡Cuán distintas fueron las cosas! Hoy Rusia registra un nivel de desigualdad comparable con los peores del mundo, los de las sociedades latinoamericanas basadas en una tradición semifeudal*.
Rusia logró el peor de los mundos posibles: una enorme caída en la actividad y una enorme alza en la desigualdad. El pronóstico para el futuro es desolador: la desigualdad extrema impide el crecimiento, en particular cuando da pie a la inestabilidad social y política.
*Según una medida habitual de la desigualdad (el coeficiente de Gini), en 1998 Rusia alcanzó un nivel de desigualdad que duplicaba al de Japón, era un 50 por ciento mayor al de Reino Unido y otros países de Europa, y era comparable al de Venezuela y Panamá. Entretanto, los países que habían acometido políticas gradualistas, Polonia y Hungría habían logrado mantener bajo su nivel de desigualdad – el de Hungría era incluso inferior al de Japón, y el de Polonia inferior al del Reino Unido.
Así como los reformadores radicales de la «terapia de choque» alegaban que el problema de la liberalización no radicaba en su excesiva lentitud sino en su deficiente rapidez, lo mismo ocurría con la privatización. Mientras que la República Checa, por ejemplo fue alabada por el FMI, aunque vacilara, quedó claro que la retórica del país había sobrepasado sus realizaciones: dejó a los bancos en manos del Estado. Si un Gobierno privatiza empresas pero deja a los bancos en manos del Estado, o sin una regulación efectiva, ese Gobierno no crea las estrictas restricciones presupuestarias que llevan a la eficiencia, sino más bien una forma alternativa y menos transparente de subsidiar las empresas – y una abierta invitación a la corrupción-. Los críticos de la privatización checa argumentaban que el problema no estribó en que la privatización fue demasiado rápida sino que fue demasiado lenta. Pero ningún país ha podido privatizar todo de la noche a la mañana, y si un Gobierno intentara una privatización instantánea, el desenlace más probable sería el caos. La tarea demasiado ardua y los incentivos para cometer actos ilegales son demasiado acusados. Los fallos de las estrategias de privatización rápidas eran predecibles –y fueron predichos-.
Tal como fue practicada en Rusia (y también en demasiadas partes del antiguo bloque soviético), la privatización no sólo no contribuyó al éxito económico del país sino que socavó la confianza en el Estado, en la democracia y en la reforma. El resultado de regalar sus ricos recursos naturales antes de establecer un sistema para recaudar impuestos sobre esos recursos fue que un puñado de amigos y socios de Yeltsin se convirtieron en multimillonarios, pero el país fue incapaz de pagar a los jubilados su pensión de 15 dólares mensuales.
El ejemplo más egregio de mala privatización fue el programa de préstamos a cambio de acciones. En 1995 el Gobierno, en vez de acudir al banco central a por los fondos que necesitaba, acudió a los bancos privados. Numerosos de estos bancos privados pertenecían a amigos del Gobierno que habían recibido autorizaciones para construir bancos. En un ambiente con bancos poco regulados, las autorizaciones eran en realidad licencias para emitir dinero, para prestarse dinero a sí mismos o a sus amigos o al Gobierno. Como condición del préstamo, el Gobierno ofreció acciones de sus propias empresas en garantía. Entonces -¡sorpresa!- el Gobierno no pagó los créditos y los bancos se quedaron con las compañías en lo que cabe considerar como ventas fingidas (aunque las autoridades realizaron «subastas» de puro teatro) y unos pocos oligarcas se convirtieron en millonarios en un instante, el hecho de que carecieran de legitimidad hacía aún más imperativo que los oligarcas sacaran rápidamente el dinero del país, antes de que asumiese el poder un nuevo Gobierno que pudiese revertir la privatización o debilitar su posición.

domingo, 13 de enero de 2008

jo

Parecía que me iba pasando a tós pero volveu outra vez ao chegar á cidade. Vin onte a pagar o piso, a gravar un DVD de películas de Woody Allen (resultaron todas películas porno), aínda bueno que non saíron repetidas, algunha estaba bastante ben. Ao que iba... Levo unha semaniña coa bronquite que non ma quito de encima. A noite do luns para o martes paseina delirando e suando. Agora teño o mítico pito outra vez, merda.

Estes días paseinos pensando na cor dos ollos que poderían ter os meus fillos, en xenes dominantes e recesivos e esas cousas, tamén lendo: “Utopía” Tomás Moro, “El Vértigo” Evgenia Ginzburg, “The Children of Lilith” (A French Exploration into the up-river country of Borneo) Guy Piazzini, tamén adiquei o tempo ao estudo dalgunhas cousas que teño pendentes, vin películas...

Mentres estaba na cama, que foi gran parte do tempo, pensaba nunha muller e en como serían varias hipotéticas vidas (debido ás múltiples posibilidades) en común con ela dentro duns cantos anos, sen olvidar os matices da miña elección ou o motivo que me faría decantarme pola sua compañía. Esa muller existe, non é unha invención, ademais soio soñar con ela.

Todo o que acabo de escribir podería habelo feito con dezaseis anos e sen problemas pasaría desapercibido se a data non fose a de hoxe. Espero que non se agrave a bronquite, sobre todo porque teño que pasar esta semana aquí na cidade.


sábado, 5 de enero de 2008

El malestar en la globalización - Joseph E. Stiglitz

Yo leí la edición de bolsillo.

Monografía de una edición anterior. (No la he leído aun.)

Tenía y tengo pensado trasladar aquí en forma de post unos cuantos pasajes muy interesantes del libro. Pese a que llevo toda la noche despierto, no he tenido tiempo *aun de empezar. Lo dejo para más adelante.

*(ni siquiera) sin tilde
*(todavía) con tilde
:p

Alicia...

Alicia en el País de las Maravillas - Antrópicos + comentarios.

Educación según...

Educación verdaderamente humana - Carlos Blanco (Diario Independiente Digital)

conocerse

La película The Matrix me caló en sus días, aun hoy. Sobre todo lo que había encima del marco de la puerta de la cocina del Oráculo, jajaja. Después al adquirir conocimientos sobre las cosas y aprender de donde proceden unas y otras, se le resta importancia a sucesos en el cine con términos filosóficos adjudicándoselo a los conceptos realmente...
Pensé en poner al blog lo mítico:

gnosti te autvn
gnôthi seautón
Γνῶθι σαυτόν
Γνῶθι Σεαυτόν
connais-toi toi-même
erkenne dich selbst
nosce te ipsum
conócete a ti mismo
conosci te stesso
Kendini bil
認識你自己
Conhece a ti mesmo
Coñécete a ti mesmo
Know yourself

Algo así, para que nos entendamos; pero decidí dejarlo en una pregunta aparentemente retórica. Pregunté en su día a diferentes personas si se conocían a sí mismas y me contestaron que sí, por mi parte, yo reconocí que no. Pienso que es más difícil de lo que parece, sobre todo si poseemos un exceso de confianza en ciertas afirmaciones como ésta, el comprobar la veracidad de dicha frase por nosotros mismos. Puesto que somos los únicos que podemos conocer nuestras limitaciones, nadie más puede juzgarnos en esta encomienda. Entre tanto, a nivel neuronal todos estamos limitados y nos encontramos entre ciertos parámetros a día de hoy indescriptibles.

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Llegó la hipótesis freudiana hasta Whiskey a go go también, pero 'nadie' se dio cuenta.

viernes, 4 de enero de 2008

Este día se lo dedico (por mi parte) a:


Parménides de Elea
(Elea Magna 540 adC - 470 adC).

"El ser es, y el no-ser no es".
"Lo mismo es pensar y ser."
"Lo mismo permanece en lo mismo, y descansa en sí mismo."
"¿Y qué necesidad lo habría impulsado a nacer antes o después, partiendo de la nada?"

Te mostraré que este sendero es por completo inescrutable; no conocerás, en efecto, lo que no es (porque es innaccesible) ni lo mostrarás.

Un tuit que nunca he tuiteado. «I imagine "Danger".»

Estimado, Obviamente dirá y hará lo que esté al alcance de su inteligencia para haceros comprender que no representa ningún tipo de peligro....